Envidiando a la U

 

Tengo un amigo serbio. Se llama Nemanja, como Vidic del Manchester o Matic del Chelsea, pero le decimos Nema. Es futbolero y un poco envidioso. Envidia a River Plate, Mónaco, Juventus, la U y un poquito al América de Cali. Él es del Estrella Roja de Belgrado, un equipo que fue el mejor de Europa y el mundo en 1991, pero que hoy no pasa de ser un equipo más de Serbia, donde el Partizán arrasa año a año desde hace una década.

Nema sabe de fútbol y conoce a la U. Sabe que estuvo en segunda y resurgió como el ave Fénix. Le costó, pero revivió. Tras subir en 1989 tuvo dos años muy malos. En 1990 se salvó por un punto de la liguilla de promoción y el 91 tuvo que jugarla con Everton, Soinca Bata y Puerto Montt. Se salvó por un punto de caer otra vez a la B. Eso no podía seguir así.

La llegada de Orozco, Salah, Vargas, Delgado, Guevara, entre otros, en 1992 cambió el rumbo de la institución para siempre y la dejó en el sitial, que aún con crisis y problemas, no ha dejado de estar. Eso es lo que envidia Nema. Su equipo hoy le da más alegrías en basquetbol que en fútbol. En la EuroLiga la llevan y el Estrella Roja hoy se relaciona más con el baloncesto, 25 años después de recorrer el mundo con nombres como Jugovic, Mihajlovic, Prosinecki, Savicevic, Pancev, entre otros. Eso es lo que el mundo recuerda de Estrella Roja, el equipo que le ganó a Colo Colo en la Intercontinental del 91.

Por esos años la U luchaba por no sucumbir como el Nottingham Forest, Magallanes, Torino, Stade de Reims y el propio Estrella Roja. Como Hungría a nivel de selecciones, como el Glasgow Rangers en los últimos tiempos. Gigantes que hoy luchan con el anonimato.

La U la peleó desde abajo, con su hinchada y con muchos jugadores nacidos en casa. Muchos de nuestra generación comenzamos a ver fútbol entre 1989 y 1990. Nuestras primeras imágenes, difusas, son las del Cóndor Rojas sacado sangrando del Maracaná. En ese año la U estaba en la B. Luego con más claridad nos acordamos del Mundial de Italia 90. De su logo, de su álbum, de la cancioncita pegajosa. Ese año la U luchaba por mantenerse con jugadores que hoy parecen de culto por su escaso aporte: Gabriel Díaz, Pedro Massacessi, Germán Vergara, entre otros. Recuerdo haber escuchado muchas veces el dicho “más malo que la U”. Claro, comenzábamos a ver fútbol, era la primera información que recibíamos, no teníamos idea del Ballet Azul, no había mucho fútbol por TV. Sólo sabíamos que la U estaba en Segunda y que había subido para sufrir en Primera. Que ni el Pato Yáñez los salvaba, que Fournier y Walter Mella no atajaban. Es como ver el primer capítulo de una serie. Si lo encontramos malo, nos quedamos con el prejuicio para siempre.

Y el 91 no fue mejor. Otra vez a sufrir, jugando la promoción, menos mal que se jugó solo en Santiago, en el Nacional. Una ayudita que sirvió para no volver a la B en el año que el Pato Yáñez los dejó botados, que se fue al archirrival Colo Colo, que fue campeón de la Libertadores 1991 y que jugó la final del mundo contra el equipo de Nema. En ese tiempo Nema, siendo niño, gozaba. La U sufría.

Hoy es al revés. La U 2017 fue campeón por su historia acumulada desde el 92 en adelante, por su camiseta, por la hinchada incondicional, porque son colores que se sienten y eso no lo puede negar ni un colocolino. Por eso mi amigo serbio envidia a la U y a todos los equipos que renacieron de las cenizas. Que estuvieron en la B y que volvieron a ser grandes, muchos campeones continentales otra vez. Estrella Roja no.

Ser hincha del Red Star hoy es no pelear por nada, o sí, pero en basquetbol. Igual mi amigo no se levanta de madrugada para ver basquetbol, sí para ver fútbol. Somos la generación que se hizo futbolera dese Italia 90, estamos sobre los 30. A esta edad ya no se cambia de club. Si se hubiera cambiado probablemente no sería mi amigo. De esos hay que desconfiar siempre.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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