CA 2015: el grito que enmudeció a generaciones

 

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Carlos tiene 69 años. Vivió en Coquimbo hasta los 19 y a los 39 volvió para no moverse jamás. Por su profesión le tocó residir en Reggio Calabria, Bergamo y Sevilla. Jugó tres mundiales adultos y dos juveniles. Fue futbolista y siempre fue líder de los grupos en los que estuvo, a pesar de no tener la capitanía. En silencio fue el mejor de Sudáfrica 2010, un equipo de niños que 5 años después se volverían ídolos, intocables, inmortales.

Carlos siempre fue bajo perfil. Recién hoy, 41 años después de ese 4 de julio de 2015, admite que la única Copa que ha levantado Chile no lo ha dejado dormir por años. “Me lesioné días antes del inicio del torneo y me reemplazó José en la nómina final. No jugó ni un minuto, yo hubiera jugado más”, cuenta desde lo que queda del Norte Chico chileno. “No tengo nombre de calle, entrada gratis al estadio ni pensión de por vida. Pagaría por encontrar un hincha que se acuerde de mí”, cuenta quien conoció al fallecido DT de esa selección en un equipo por entonces llamado O’Higgins, en lo que ahora es Santiago Sur.

Carlos guarda diarios de la época no sólo para atesorar la gesta de sus compañeros-ex amigos, sino también para mostrar lo convulsionado que estaba el país. “Habían empresarios arrestados, políticos imputados, profesores en paro, Santiago en la peor crisis de la contaminación, la Presidenta de ese entonces con la más baja aprobación. Todo se tapó con ese título, la Copa maldita le llamaron meses después”, agrega quien no se pudo consagrar en el desaparecido Estadio Nacional.

Esa Copa tapó todo lo malo y destapó lo más malo. Muchos de esos jugadores eran millonarios prematuros y se volvieron millonarios eternos. Contratos llenos de ceros a la derecha, pensiones de por vida, nombres de calles y cheques en blanco para cuando se retiraran, sirvieron para premiar a quienes tenían como único gran don jugar bien a la pelota. “Muchos no habían gastado ni cinco años de su vida en educarse y jamás supieron lo que era llegar sin plata a fin de mes”, cuenta casi inentendiblmente Rafael, escritor y columnista de  la época, anti fútbol declarado. ”Las empresas, y lo que es peor aún, el pueblo, prefirió premiar a 23 jugadores de por vida en vez de gastar tiempo, dinero y energías en pelear por lo que realmente les tocaba el bolsillo y el orgullo”, agrega. Por aquellos años se dejó en libertad a empresarios vinculados a la colusión de las farmacias. La gente prefirió ocupar las por ese entonces atiborradas redes sociales para reclamar con un par de tuits y seguir viendo esa Copa América desde la comodidad de su hogar. El escape que llevaría a la felicidad era ganando la Copa. Valía mas que la felicidad de la familia, un ascenso en el rabajo o una titulación en la Universidad. La Copa tiraría todas las frustraciones bajo la alfombra, por meses, años, décadas.

La Copa se ganó y Carlos no estuvo ahí. “Fue una fiesta total, pero no se capitalizó absolutamente nada para el futuro. Nunca más se volvió a ganar nada. El DT quiso buscar suerte en Europa y los jugadores se creyeron lo que no eran. Brasil y Uruguay hicieron una pésima Copa, pero a los años ya estaban ganando más mundiales en todas las categorías”, recuerda quien jugó su último Mundial en Rusia 2018. “Desde ahí prácticamente pasé al anonimato. Casi no volví a hablar con Alexis ni Arturo, a ellos les gustaba más el weveo y demostrar que tenían plata y poder. Arturo, antes de ganar la Copa, había chocado curao y no le pasó nada. Después de ganarle a Argentina era un Dios. Recuerdo que ni se le condenó, ¿cómo se le iba a condenar?”, cuenta el jugador número 24, o 25 si se cuenta a un nortino de nombre Edson, que también quedó fuera de la Copa días antes. “Ni siquiera volví a hablar con José, el rusio que me reemplazó y que puede contar que que tiene una medalla y una Copa que yo no tengo. Nunca me agradeció que yo me lesionara”.

La Copa maldita cambió elrumbo del pais. Pasó a la historia como un triunfo que cambió a una generación para peor. Por aquellos años ser exitoso era tener el mejor auto y la ropa más cara. Un estudiante de Pedagogía que se quemaba las pestañas era objeto de burlas por aspirar a ganar 500 lucas, más si ni se acercaban a los físicos de Alexis, Arturo o Miiko, un chileno-sueco que prefirió seguir su vida en Europa. Esa generación del 2015 ya venía mal. Se quejaban desde un PC, hacían trabajos en grupo desde un PC, comían frente a un PC, encontraban novia gracias a un PC. Recién hoy, 41 años después, estamos saliendo de la de generación más improductiva de la historia. La gente que intentó advertirlo fue callada con un grito de gol, el más fuerte que jamás se haya escuchado en el Estadio Nacional. Silenció a los oponentes y dejó mudos por décadas a los chilenos. Ya se había llegado al objetivo, no había nada más que hacer.

“A mí no me miren”, finaliza Carlos, el campeón que no fue, protagonista de esta crónica que nunca será.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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